¡Buenas tardes a todos!
Hace unos días os propuse un juego. Observar a las personas que nos encontráramos en nuestro día a día y describirlas en una libreta o en las notas del móvil. Únicamente rasgos físicos. Ahora bien, tras realizar esto que es bastante importante para que nuestros personajes tengan una consistencia y sean lo más reales posibles, tenemos que meternos en la cabeza de dicho personaje.
Podemos hacer dos cosas; o bien utilizar a una de las personas a las que hemos sometido a observación anteriormente o buscar a otra y apuntar aquello que observamos o que podemos pensar sobre ella. También puedes crear un personaje de la nada como tercera opción, sin embargo, no la recomiendo demasiado.
Bien, yo voy a coger a otra persona que estuve observando en el metro (me paso media vida en él, como podréis comprobar). Me llamó bastante la atención, por lo que quise escribir sobre ella tanto su aspecto físico como psíquico.
En el aspecto físico creo que todos sabemos lo que tenemos que poner. Pero el aspecto psíquico, la mente, es más complicada. Al menos, a mi parecer.
Cogeremos, como hemos dicho a un personaje; yo voy a coger el personaje con dicha descripción física.
Mujer, +35. Pelo corto rubio ceniza, puntas hacia arriba, ojos azules y sonrisa. Vestido rojo de tirantes, jersey y medias negras. Botines rojos. Abrigo negro. Maleta roja.
Tenemos una descripción física bastante simple, la cual podemos alargar como mostré en la entrada anterior. Sin embargo, esto es lo que apunté sobre su psique -o todo lo que se puede apuntar sin conocer a dicha persona-.
Alegre, de actitud despierta. Se sienta algo tumbada sobre el respaldo del metro. Tiene un tic nervioso en las manos -las junta sin parar-. Mueve los pies con las piernas cruzadas -nerviosa-, curiosa -mira a todos lados-. Mira continuamente la hora.
No es mucho, y tampoco dice demasiado. Pero, podemos realizar una especie de "informe psicológico" con estas características de base. Luego, añadir o quitar es cosa vuestra. muy bien, allá vamos.
No paraba quieta. La mujer parecía incómoda en el asiento, como si quisiera estar haciendo otras cosas más interesantes y eso se denotaba en sus gestos; rápidos, imperceptibles, repetitivos. Los repetía una y otra vez. Cerraba los ojos, los abría y movía por todo el vagón, a la espera de encontrar algo que llamase su atención, mientras colocaba las manos sobre el regazo, entrelazando los dedos, apretándolos hasta dejarse los nudillos blancos como la cal, y cruzaba las piernas femeninamente, agitando en el aire el pie, en un gracioso vaivén, siguiendo el ritmo de un metrónomo. Tras eso, miraba el reloj y el cartel alargado negro luminoso que había sobre cada pasillo que conectaba los vagones. ¿Estaría esperando a alguien? Podría ser así pero, a juzgar por la maleta de color escarlata que descansaba a su lado, no podía ser. ¿Estaría de camino al aeropuerto? ¿O se mudaría de casa? Cualquiera de las respuestas a esas preguntas no tendrían la menor importancia, pero lo que era seguro era que fuese cual fuese el destino de aquella joven, sería algo positivo. Sonreía, sonreía a todos lados, como si la estuvieran contando un chiste, como si viviera en una comedia perpetua. Una sonrisa cálida y reconfortante, de esas que te levantan el ánimo.
No es la mejor descripción del mundo, pero para empezar y ver un ejemplo no está mal. También se podría haber hecho más esquemáticamente, pero me gustan las cosas descriptivas. Como podéis observar, me he dedicado a describir aquello que vi, añadiendo alguna que otra cosa para que encajara en la descripción. Sin embargo, notamos que aún falta algo a todo esto. Claro, tenemos una idea de cómo puede ser su personalidad exteriormente, pero no cual es la verdadera; no sabemos nada sobre sus aficiones, las fobias, si tiene sueños, expectativas, sufre algún trauma, etc. Así que, vamos a realizar un ejercicio; describiremos a esa persona que queramos o un personaje que elijamos (creados por vosotros o de otro autor; pensad que esto es solo un ejercicio, no vamos a ganar monetariamente nada).
Para que las cosas me sean más sencillas, voy a dividir todo en partes; pondré un título sobre lo que voy a describir y pondré a continuación el ejercicio. Después, ya lo uniremos todo en un texto más completo si así lo queréis, pero no es obligatorio.
Personalidad exterior:
Cualquiera que la viera por la calle, pensaría que estaba loca. No dejaba de moverse, caminaba por la calle como si estuviera bailando algún tipo de danza inventada siguiendo el compás de alguna canción de moda que repitieran una y otra vez en la radio. Tal vez... O tal vez, tan solo se diera al hecho de que estaba contenta. La sonrisa que pintaba sus labios iluminaba su rostro y había sido el causante de que varias personas se giraran a mirarla. Cuando llegó a un portal, paró en seco. Miró el reloj de pulsera que llevaba y se mordió los labios. Se movió por el escalón de un lado a otro, imitando a la guardia de algún lugar importante, estirando las piernas, inclinando el cuerpo al apoyar el pie en el suelo, para volver a empezar una vez se tropezaba con la pared contraria. Volvió a mirar el reloj y alzó la mirada. Se mordió el labio nuevamente y comenzó a juguetear con el bajo del vestido, arrugándolo y alisándolo, frunciéndolo y ondulándolo. Nerviosa. Muy nerviosa, ponía en ese mismo estado a todos los que pasaban, que se apartaban ligeramente cuando pasaban por su lado.
Personalidad interior:
No era una persona impaciente, o que se pusiera nerviosa con facilidad. Pero estaba emocionada, no podía evitar sentirse de esa manera. Cuando había recibido la llamada mientras trabajaba en una práctica de la universidad, todavía no podía creérselo. ¡Era él! ¡La había llamado a ella! No a sus amigas, que eran más guapas en su opinión, sino a ella. ¡Y la había pedido salir! ¡Era como un sueño hecho realidad! Había ido corriendo a casa y se había pasado más de una hora decidiendo que ropa ponerse. Quería estar perfecta. Ella no era así. Se consideraba una persona tranquila, sosegada, con las cosas claras y los pies en la tierra. Pero cada vez que le veía o escuchaba su voz, su corazón se aceleraba, su cuerpo se convertía en una estufa y su cabeza se nublaba hasta hacerle perder el último vestigio de realidad al que se aferraban sus neuronas. Sus padres no entendían sus cambios de personalidad. Sus amigas tampoco. Eran ellas las que tenían que arrastrarla a las discotecas, o a la calle. ¿No entendían que era feliz entre sus probetas, microscopios, bacterias y ordenadores? ¡La química era todo su mundo! Hasta que llegó él e hizo que su mundo girara más de 360º.
Aficiones:
Le gustaba su carrera. Era divertida, interesante e... inesperada. Nunca sabías lo que podía suceder si a cierta bacteria le insuflabas calor junto con una disolución A o si la congelabas con una disolución B a la que previamente la habías sometido a otros procesos químicos. Y por eso, podía pasarse horas en el laboratorio de la universidad. Los profesores la dejaban, se había convertido en una parte más de aquella habitación, tanto, que había ocasiones en las que ni se daban cuenta de su presencia, hasta que gritaba eufórica o por decepción. Después, adoraba llegar a casa, quitarse los zapatos en la entrada e ir desnudándose hasta llegar a su habitación, meterse en la bañera de aguas humeante de su cuarto de baño y poner música relajante; quedándose en numerosas ocasiones dormida y ganándose la bronca de su compañera de piso, la cual se asustaba al verla tan quieta. Experimentar y relajarse en una bañera, sus dos actividades preferidas junto con leer un buen libro. Dejarse envolver por las palabras de un buen romance, de una novela policíaca, de un drama o de algún momento histórico. Verse a sí misma vestida de diferente manera, viviendo cada uno de los hechos que se suceden uno tras otro y, enfurruñarse cuando se acaba el libro y no tiene nada más que leer.
Otra cosa que le gustaría hacer, si no fuera por su mala mano, es cocinar; pero quema cualquier alimento que se ponga por delante y vive a base de comida precocinada o, muy de vez en cuando, cuando su compañera de piso se cansa de comer grasas y cocina algo nutritivo y sano.
Fobias:
Cuando era pequeña, sus padres le regalaron un pequeño peluche con forma de payaso. ¡Era precioso! Su cuerpo era blando, de trapo, como si estuviera relleno por dentro de pequeñas bolitas. Su cabeza era de porcelana blanca, remarcando con negro las cejas y los labios, el suave contorno de los ojos y delineando la fina lágrima que le caía sobre una de las mejillas. Llevaba un pequeño sombrerito negro, como si fuera de fieltro y haciendo la mitad de una circunferencia. Llevaba una gorguera blanca y un traje parecido al de un pijama, con grandes botones negros. Adoraba aquel muñeco. Le parecía tan bonito, tan lejano, tan... enigmático. Sin embargo, no supo con seguridad cuando cambió su admiración a terror. Ya no podía ver aquel muñeco que tanto le gustaba, con el que tantas cosas había hecho, el mismo que le había acompañado a todos los sitios. Tal vez tuviera que ver con aquella película que echaron por la televisión, la misma que sus padres no le dejaron ver, la misma que estuvo contemplando a escondidas desde el quicio de la puerta, la misma que la horrorizó y la hizo tener un pavor horroroso a los payasos en general.
Había ido a psicólogos, pero todos le decían lo mismo. Sentía un miedo atroz al exceso de maquillaje, a la falsedad, a las máscaras de la gente, a que le hicieran daño. Pero, ¿no sentían todo eso las personas? ¿No tenían miedo de ser dañadas?
Sueños:
No debía vivir en las nubes, tendría que tener los pies sobre la tierra, donde estaba el mundo real, pero si alguien le preguntaba qué es lo que quería hacer en la vida, ella te contestaba con una sola palabra: viajar. Adoraba las distintas culturas de los países, los monumentos, la comida, la gente, los paisajes, las experiencias que podía conseguir. Pero sabía que para eso se necesitaba dinero, no podía meter su ropa en una maleta, coger un tren o un avión y poner rumbo a un país al azar, a vivir aventuras. No podía dejar tampoco la universidad, no después de todo lo que había trabajado y de lo poco que le quedaba para terminar. Así que había algo que sí que se había planteado. No dejaba de ser un sueño, pero sería algo factible. Trabajar en algún país extranjero tras terminar la carrera. Podría aprender tantísimas cosas de esa experiencia.
Como veis, no es un ejercicio demasiado complicado.
Esto nos ayuda a tener una idea general del personaje. Por supuesto, yo lo he descrito pero podéis ponerlo como si fueran ligeros apuntes; por ejemplo, "Sueños: viajar por todo el mundo. Fobias: Coulrofobia. Aficiones: Quimica, pasear, leer...".
Os animo a hacer lo mismo. Coged un personaje y hacer lo mismo, pensad en su personalidad psíquica, en cómo le ven los demás, sus miedos, deseos, etc. Montar un personaje lleva su tiempo, pero siempre es gratificante ver cómo hemos creado un personaje que parece real y con el que la gente puede sentirse identificada.
¿Qué os ha parecido este consejo?
¿Os ha servido?
¿Tenéis algún otro método para hacer esto mismo?
Espero que os haya servido.
Nos leemos~~
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miércoles, 26 de febrero de 2014
martes, 18 de febrero de 2014
Consejos para escribir - Observación
Llevo algún tiempo sin escribir (desde el viernes, para qué vamos a engañarnos, pero estaba ocupada haciendo unos regalos de cumpleaños y empezando un regalo de bodas, pero eso es otra historia), así que hoy vengo con unos consejos para escribir.
Vale, no soy una experta, ni pretendo dármelas de ello pero, al menos, puedo dejar un poco lo que yo hago para escribir. Seguro que hay a alguien a quién le sirve (o eso espero).
Bueno, pues os explico mi experiencia y ya vosotros me decís.
Ayer, que comencé de nuevo las clases, me llevé una libretita conmigo y un bolígrafo extras para hacer la siguiente actividad; la observación. Siempre que voy en el autobús y en el metro veo pasar miles de personas, cada una con su estilo propio, con sus rasgos faciales y, viviendo en Madrid, la variedad étnica es tan amplia que asusta y atrae a partes iguales. Con asustar no me refiero a algo malo, así que no malpenséis. En fin, con dicha libretita, me puse a observar a la gente y la que más me llamara la atención o la que más tiempo pasara frente a/cerca de mi, lo escribiría en la libreta.
Solo escribí las descripciones de los elementos que más me llamaran la atención, y al finalizar el día me hice con, ni más ni menos, que treinta y nueve descripciones. Podría haber escrito más, pero me parece un número bastante aceptable para un primer día y, estoy segura, de que repetiré la experiencia porque es, creerme, de lo más divertido.
Voy a dejar alguna de las descripciones que más me llamaron la atención, por no poner todas pero, os aseguro que, además de divertido, es muy útil. Te permite observar detalles de las personas que suelen pasar por alto como manchas en las manos, tipo de corte de uñas, limpieza que a simple vista no se puede apreciar, detalles en la ropa... Es muy útil a la hora de construir la apariencia física de un personaje. Las descripciones que pongo a continuación son la que tomé en la libreta (negrita) y otra más elaborada (cursiva) (más que nada porque hay que practicar la descripción, es uno de los objetivos). Además, también pongo el lugar donde vi a esas personas. Me ayudará luego a realizar una compostura para otro ejercicio.
1. Mujer, + 65. Pelo rubio cardado, gafas de sol negras enormes, maquillaje de base y labios. Abrigo de visón marrón, pantalones camel y botines de tacón gordo marrones. Manos enjoyadas y limpias. Perfume fuerte. (Autobús 6XX, Madrid)
La mujer tenía una apariencia distinguida y aristocrática. Desprendía un olor de un perfume fuerte que iban a la perfección con toda ella y que impregnaba la parte trasera del autobús. No era muy alta, tal vez llegaba a alcanzar el uno sesenta de estatura, pero lo compensaba con unas botas de tacón grueso de piel marrón, las cuales estaban impolutas como toda su apariencia. Vestía tonos tierra; unos pantalones de traje color camel o tal vez beige, no se podía apreciar con exactitud por la mala iluminación del autobús y del día en general, y un jersey marrón oscuro de cuello caja, decorado con un collar de perlas nacaradas que brillaban con cada movimiento que hacía. Además, todo su cuerpo estaba envuelto en un suave abrigo de visón marrón al que parecían que le habían dado ligeras pinceladas de negro aquí y allá. Me llamó la atención su rostro; unas facciones ocultas tras unas grandes gafas de color negro, como si quisiera así tapar el dolor de una pérdida, pero arregladas a conciencia con una base de maquillaje clara y terminada con un tono rosáceo en los labios rodeados por pequeñas arruguitas. Dichas facciones estaban, además, enmarcados por un cabello rubio rizado en permanente, algo que no iba con las normas de la moda actuales. Se pasó una mano por el pelo, intentando amoldárselo en una posición más cómoda y reparé en sus manos. ¿Cómo no había fijado mi vista antes allí, en aquella parte de la anatomía? Una manos blanquecinas cubiertas por pequeñas manchas marrones propias de la edad pero sin arrugas. Sus dedos eran largos y finos, vestidos por unos cuantos anillos dorados, como la alianza que brillaba majestuosa en su dedo anular de la mano derecha. Y sus uñas, largas, finas y brillantes, pintadas con una ligera manicura francesa. Sin duda, aquel que dijera que las manos son la carta de presentación de una mujer tenían toda la razón; y aquella mujer era toda una señora.
2. Hombre, + 22. Castaño claro, pelo rapado con tupé. Gafas grandes, nariz recta. Abrigo azul marino. Pantalones estampados y mocasines. Lleva una cartera femenina y un reloj de oro. (Línea 7, Avenida de América, Madrid)
Cuando le vi entrar en el vagón del metro, en aquella estación de Avenida de América, pensé que era una mujer. ¡Su aspecto era tan andrógino! Pero no, era un hombre; tal vez de movimientos femeninos, pero un hombre al fin y al cabo. Debí de parecer una maleducada, pero su apariencia, toda ella, me tenía fascinada. ¡Jamás había visto a alguien semejante! Era alto, muy alto, tal vez demasiado, y delgado, como el ideal de los actuales diseñadores de ropa. E iba vestido a un estilo que a mi me recordó al de los pasados ochenta. Sus ojos, los cuales no pude observar con claridad, estaban tapados por unas grandes gafas negras de corte recto por la parte superior y redondeada por la inferior. Sin embargo, y aún cuando esos aparatos oculares destinados a proteger del sol -una tontería, puesto que estábamos en un sitio cerrado y eran las nueve y media de la noche-, el resto de facciones de su rostro se podían contemplar con detenimiento. Pómulos sobresalientes y altos, facciones finas y angulosas, rodeando una nariz recta y algo prominente y unos labios gruesos y brillantes. Casi me había esperado que llevase pendientes. Su cabello tenía un corte singular. Estaba rapado a ambos lados hasta pasar de altura a las cejas, pero no demasiado. Se seguía apreciando cabello en aquella zona; tal vez necesitaba rapárselo nuevamente o tal vez simplemente lo había cortado de tal forma que resaltara aquel tupé perfectamente peinado y acomodado por algún tipo de fijador como la laca. No parecía gomina, o al menos no lo aprecié de aquella forma. Creo que me pilló mirando por el movimiento de cabeza que realizó en mi dirección, por lo que bajé la mirada apenada. Pero, dicho gesto me hizo observar su ropa y complementos. Realmente era alguien llamativo y, estaba segura -o al menos una parte de mí me lo decía a gritos- de que, disfrutaba con la atención que recibía. Vestía con un abrigo de paño azul marino de corte recto hasta las rodillas y un pañuelo negro que tapaba cualquier posibilidad de atisbo de su parte superior. Unos pantalones negros ajustados -tan ajustados que parecían leggins- que cubrían sus largas piernas en negro también y, esta vez, con un estampado curioso. Parecían topitos blancos, pero, fijando un poco más la vista, era como pequeños dibujos de escudos rococó. No llevaba calcetines con los mocasines negros brillantes de charol, me sorprendió. Fuera hacía un frío de mil demonios y, aún así, el vestía como si el frío no le afectara. Todo su atuendo lo completaba un bolso monedero negro, con rostros de actrices antiguas y fotos de monumentos significativos como la torre Eiffel, y un reloj dorado de correa gruesa y metálica que quedaba oculto ligeramente por la manga del abrigo. No pude distraerme mucho más con su atuendo; se bajó tras tres paradas más, quedándome sin entretenimiento.
3. Mujer. + 50. Abrigo y boina azul. Tacones bajos, bolso cadena. Maquillaje fuerte. Labios rojos. Gafas de vista. Broche brillante búho. (Línea 6, circular, Príncipe Pío, Madrid)
Los viajes en metro son aburridos, y más si los vagones están medio vacíos. Cuando las puertas se abrieron para poder abordar el vagón, mis cejas se alzaron en cuanto vi aquella visión azul. Lo bueno de todo, es que la tenía frente a mí al sentarme y no pude evitar mirarla. El vagón estaba vacío al fin y al cabo, y me aprovecharía de suspiros y miradas pasadas para poder contemplarla. Una mujer mayor, o tal vez no tan mayor, puesto que pasaría a duras penas de los cincuenta. Desprendía un olor dulzón, demasiado para mi gusto; una mezcla de flores y vainilla que hacían que mi nariz se moviera involuntariamente conteniendo las ganas de estornudar. Era gracioso, no había visto nunca a una señora que fuera tan conjuntada y, mi sorpresa no era para menos. Llevaba un abrigo azul marino, aunque tampoco era azul marino, tal vez un azul rey, o un azul prusiano, o tal vez un azul petróleo dependiendo de los ojos con lo que lo vieras; que le llegaba hasta la parte inferior de las rodillas. Era un abrigo de cuello bebé, cerrado en el cuello con un botón recubierto de tela del mismo tipo. Sus piernas, el poco tramo que se podía observar, eran algo delgadas y cubiertas por unas medias transparentes pero con tonos brillantes, y acababan en unos tacones azules, del mismo tono que el abrigo, bajos y punta alargada. Las manos de la señora se entornaban con fiereza sobre un bolso del mismo tono de azul y cadena dorada, lo único que parecía resaltar de todo aquel atuendo junto al broche de brillantes con forma de búho que llevaba sobre el pecho izquierdo. Cuando alcé de nuevo la mirada, en un intento por continuar observándola, me topé con sus ojos, maquillados en azul y negro y protegidos por unas gafas de ver de montura fina y metálica, dirigiéndome una mirada dura, fría y severa, como si no aprobara mis actos o mi atuendo, bastante más sobrio que el de ella. Los labios finos y algo fruncidos estaban pintados de color rojo borgoña -no sé porqué me había esperado que también fueran azules, aunque hubiera resultado raro- y acompañaban el resto de maquillaje fuerte, una base clara y un colorete demasiado llamativo. El cabello parecía casi inexistente; estaba recogido en un moño seguramente pero dicho moño quedaba oculto por una boina de, sí, azul. Del mismo azul que el resto de su vestuario. Menos mal que tenía que bajarme en la siguiente parada porque, estaba segura, un minuto más observando a aquella mujer, y habría acabado rehuyendo del color azul para toda mi vida. Posteriormente, y en intento por darle algo de humor a la experiencia, me acordé de cierto personaje ficticio vestido completamente de rosa y me pregunté, en mi fuero interno, si la autora tuvo también un encuentro con alguna visión del mismo estilo que la señora.
4. Hombre, + 20, rasgos hindúes, pelo castaño corto, perilla, sonrisa. Jersey gris y vaqueros negros. Ojos verdes-azules (Estación de Moncloa, junto a Isla de autobuses 3, puesto externo)
Creía que tenía un problema con los extranjeros y, es que le parecían más atractivos que el resto de hombres autóctonos del país. No dice que haya excepciones pero a los hechos se remite. Salía tan campante de clase cuando le vio. Y sufrió un flechazo inmediato. Estaba en la pastelería frente a la salida de la universidad, colocando los bollos y dulces que salían directamente de la pequeña cocina del establecimiento, del cual venía un aroma dulzón que hacía que las tripas sonaran en busca de alimento. Se quedó parada haciendo como si mirara el móvil pero, lo cierto, es que no podía quitarle el ojo de encima. Era alto, de piel ligeramente dorada, como si le hubieran dado un pequeño toque, como si hubiera pasado bastantes horas bajo el sol. Un tono de piel extraordinario. Tenía el pelo oscuro, casi negro, corto, con algún mechón rebelde liso que quedaba colgando sobre su frente de manera seductora. Ojos grandes y llamativos, de color azul verdoso, cercado por unas tupidas pestañas negras. Sus labios eran algo anchos, rellenos y gruesos y estaban acompañados, en la parte inferior, por una perilla perfectamente recortada. Era únicamente en la parte inferior del mentón, pero le daba cierto toque maduro. Vestía con un jersey gris de cuello vuelto, con las mangas remangadas sobre los codos, unos vaqueros oscuros ocultos parcialmente por un delantal marrón. No podía ver su calzado, pero algo en su interior le decía que debían de ser botas hasta los tobillos, de suela gorda y cordones. El chico desapareció de su vista tan rápido como había aparecido. Se inclinó hacia los lados, intentando encontrarle para que volviera a aparecer en su campo de visión. El chico apareció de nuevo, con una bandeja de cruasanes y comenzó a colocarlos con cuidado. Cuando alzó la vista, le dedicó una sonrisa radiante, mostrando sus dientes blancos y perfectamente alineados, provocando con aquel acto que bajara la mirada azorada y sonrojada, poniendo rumbo hasta el metro.
5. Mujer, + 7, castaña. Abrigo berenjena y botas grises. Pantalones vaqueros. Ojos claros. (Línea 5, Casa de Campo, Madrid)
Una risa llenó toda la estación. Era una niña pequeña, que revoloteaba alegremente alrededor de la que debía de ser su madre. Cuanto más la regañaba, más se reía. Alzaba las manos, ponía los brazos rectos y daba vueltas con los ojos cerrados, hasta que los abría y dejaba al mundo sin palabras. Y no era para menos, unos ojos así eran difíciles de ver. Pequeños, con pequeñas pestañas tupidas de tono castaño, dos lunares de tamaño creciente bajo el ojo derecho, y unos iris del tono de la luna. Plateados, no grises, sino pálidos como los rayos de la luna o de las estrellas. Su rostro era pequeño y redondeado, con las mejillas sonrosadas por el movimiento y los labios abiertos por la jocosidad de las risas. Llevaba el pelo, castaño miel, recogido en una coleta alta, dibujando una pequeña curva en el inicio de la goma de cabello, y este caía en pequeñas ondas desiguales. ¿Llevaría cortado el pelo a capas? Tal vez. Vestía con una camisola larga rosa que le llegaba hasta la mitad del muslo y unos vaqueros oscuros. Sus pies se movían con rapidez enfundados en unas botas grises de plástico, unas botas de agua que le daban un toque juguetón. El tren llegó y la madre le puso un abrigo grueso -como un plumas- de un color berenjena pálido, el cual cerró hasta arriba en un intento porque no cogiera un resfriado. La niña, cogió su mochila rosa y entró en el tren cogida de la mano de su madre. Ahí se acabaron las risas que habían llenado de alegría aquella estación tan apartada.
Y hasta aquí las descripciones que más me llamaron la atención. Es curioso ver cómo, pese a haber escrito unas descripciones tan poco elaboradas en la libreta, la apariencia y rostro de aquellas personas acudieran a mi mente con semejante facilidad y claridad.
Os animo a que hagáis vosotros lo mismo. Llevad siempre con vosotros una libreta y un bolígrafo o un lápiz, también os sirve la aplicación de notas del móvil si tenéis mucha soltura escribiendo en el teclado. Cada vez que vayáis por la calle o en algún transporte o, por qué no, en clase o trabajo, os fijéis en cómo van vestidas las personas. Haced descripciones cortas o aputad aquello más general; el cabello, rostro, vestuario, calzado, complementos (si los lleva), algún detalle que os llame mucho la atención (como en el caso del hombre andrógino. Juro que era la primera vez que podía ver a uno en carne y hueso). Escribirlo e intentar hacer descripciones que pudierais meter en un relato corto o en una novela. Utilizad todos los detalles que podáis a la hora de describirlo ampliamente.
Y hasta aquí el primer consejo para escribir. Observar mucho, muchísimo. Os sorprenderíais al ver la de cosas que se pueden descubrir con tan solo prestar un poquito de atención.
Espero que os haya servido. Me gustaría leer a alguien que haya puesto en práctica dicho consejo.
Nos leemos~~
Vale, no soy una experta, ni pretendo dármelas de ello pero, al menos, puedo dejar un poco lo que yo hago para escribir. Seguro que hay a alguien a quién le sirve (o eso espero).
Bueno, pues os explico mi experiencia y ya vosotros me decís.
Ayer, que comencé de nuevo las clases, me llevé una libretita conmigo y un bolígrafo extras para hacer la siguiente actividad; la observación. Siempre que voy en el autobús y en el metro veo pasar miles de personas, cada una con su estilo propio, con sus rasgos faciales y, viviendo en Madrid, la variedad étnica es tan amplia que asusta y atrae a partes iguales. Con asustar no me refiero a algo malo, así que no malpenséis. En fin, con dicha libretita, me puse a observar a la gente y la que más me llamara la atención o la que más tiempo pasara frente a/cerca de mi, lo escribiría en la libreta.
Solo escribí las descripciones de los elementos que más me llamaran la atención, y al finalizar el día me hice con, ni más ni menos, que treinta y nueve descripciones. Podría haber escrito más, pero me parece un número bastante aceptable para un primer día y, estoy segura, de que repetiré la experiencia porque es, creerme, de lo más divertido.
Voy a dejar alguna de las descripciones que más me llamaron la atención, por no poner todas pero, os aseguro que, además de divertido, es muy útil. Te permite observar detalles de las personas que suelen pasar por alto como manchas en las manos, tipo de corte de uñas, limpieza que a simple vista no se puede apreciar, detalles en la ropa... Es muy útil a la hora de construir la apariencia física de un personaje. Las descripciones que pongo a continuación son la que tomé en la libreta (negrita) y otra más elaborada (cursiva) (más que nada porque hay que practicar la descripción, es uno de los objetivos). Además, también pongo el lugar donde vi a esas personas. Me ayudará luego a realizar una compostura para otro ejercicio.
1. Mujer, + 65. Pelo rubio cardado, gafas de sol negras enormes, maquillaje de base y labios. Abrigo de visón marrón, pantalones camel y botines de tacón gordo marrones. Manos enjoyadas y limpias. Perfume fuerte. (Autobús 6XX, Madrid)
La mujer tenía una apariencia distinguida y aristocrática. Desprendía un olor de un perfume fuerte que iban a la perfección con toda ella y que impregnaba la parte trasera del autobús. No era muy alta, tal vez llegaba a alcanzar el uno sesenta de estatura, pero lo compensaba con unas botas de tacón grueso de piel marrón, las cuales estaban impolutas como toda su apariencia. Vestía tonos tierra; unos pantalones de traje color camel o tal vez beige, no se podía apreciar con exactitud por la mala iluminación del autobús y del día en general, y un jersey marrón oscuro de cuello caja, decorado con un collar de perlas nacaradas que brillaban con cada movimiento que hacía. Además, todo su cuerpo estaba envuelto en un suave abrigo de visón marrón al que parecían que le habían dado ligeras pinceladas de negro aquí y allá. Me llamó la atención su rostro; unas facciones ocultas tras unas grandes gafas de color negro, como si quisiera así tapar el dolor de una pérdida, pero arregladas a conciencia con una base de maquillaje clara y terminada con un tono rosáceo en los labios rodeados por pequeñas arruguitas. Dichas facciones estaban, además, enmarcados por un cabello rubio rizado en permanente, algo que no iba con las normas de la moda actuales. Se pasó una mano por el pelo, intentando amoldárselo en una posición más cómoda y reparé en sus manos. ¿Cómo no había fijado mi vista antes allí, en aquella parte de la anatomía? Una manos blanquecinas cubiertas por pequeñas manchas marrones propias de la edad pero sin arrugas. Sus dedos eran largos y finos, vestidos por unos cuantos anillos dorados, como la alianza que brillaba majestuosa en su dedo anular de la mano derecha. Y sus uñas, largas, finas y brillantes, pintadas con una ligera manicura francesa. Sin duda, aquel que dijera que las manos son la carta de presentación de una mujer tenían toda la razón; y aquella mujer era toda una señora.
2. Hombre, + 22. Castaño claro, pelo rapado con tupé. Gafas grandes, nariz recta. Abrigo azul marino. Pantalones estampados y mocasines. Lleva una cartera femenina y un reloj de oro. (Línea 7, Avenida de América, Madrid)
Cuando le vi entrar en el vagón del metro, en aquella estación de Avenida de América, pensé que era una mujer. ¡Su aspecto era tan andrógino! Pero no, era un hombre; tal vez de movimientos femeninos, pero un hombre al fin y al cabo. Debí de parecer una maleducada, pero su apariencia, toda ella, me tenía fascinada. ¡Jamás había visto a alguien semejante! Era alto, muy alto, tal vez demasiado, y delgado, como el ideal de los actuales diseñadores de ropa. E iba vestido a un estilo que a mi me recordó al de los pasados ochenta. Sus ojos, los cuales no pude observar con claridad, estaban tapados por unas grandes gafas negras de corte recto por la parte superior y redondeada por la inferior. Sin embargo, y aún cuando esos aparatos oculares destinados a proteger del sol -una tontería, puesto que estábamos en un sitio cerrado y eran las nueve y media de la noche-, el resto de facciones de su rostro se podían contemplar con detenimiento. Pómulos sobresalientes y altos, facciones finas y angulosas, rodeando una nariz recta y algo prominente y unos labios gruesos y brillantes. Casi me había esperado que llevase pendientes. Su cabello tenía un corte singular. Estaba rapado a ambos lados hasta pasar de altura a las cejas, pero no demasiado. Se seguía apreciando cabello en aquella zona; tal vez necesitaba rapárselo nuevamente o tal vez simplemente lo había cortado de tal forma que resaltara aquel tupé perfectamente peinado y acomodado por algún tipo de fijador como la laca. No parecía gomina, o al menos no lo aprecié de aquella forma. Creo que me pilló mirando por el movimiento de cabeza que realizó en mi dirección, por lo que bajé la mirada apenada. Pero, dicho gesto me hizo observar su ropa y complementos. Realmente era alguien llamativo y, estaba segura -o al menos una parte de mí me lo decía a gritos- de que, disfrutaba con la atención que recibía. Vestía con un abrigo de paño azul marino de corte recto hasta las rodillas y un pañuelo negro que tapaba cualquier posibilidad de atisbo de su parte superior. Unos pantalones negros ajustados -tan ajustados que parecían leggins- que cubrían sus largas piernas en negro también y, esta vez, con un estampado curioso. Parecían topitos blancos, pero, fijando un poco más la vista, era como pequeños dibujos de escudos rococó. No llevaba calcetines con los mocasines negros brillantes de charol, me sorprendió. Fuera hacía un frío de mil demonios y, aún así, el vestía como si el frío no le afectara. Todo su atuendo lo completaba un bolso monedero negro, con rostros de actrices antiguas y fotos de monumentos significativos como la torre Eiffel, y un reloj dorado de correa gruesa y metálica que quedaba oculto ligeramente por la manga del abrigo. No pude distraerme mucho más con su atuendo; se bajó tras tres paradas más, quedándome sin entretenimiento.
3. Mujer. + 50. Abrigo y boina azul. Tacones bajos, bolso cadena. Maquillaje fuerte. Labios rojos. Gafas de vista. Broche brillante búho. (Línea 6, circular, Príncipe Pío, Madrid)
Los viajes en metro son aburridos, y más si los vagones están medio vacíos. Cuando las puertas se abrieron para poder abordar el vagón, mis cejas se alzaron en cuanto vi aquella visión azul. Lo bueno de todo, es que la tenía frente a mí al sentarme y no pude evitar mirarla. El vagón estaba vacío al fin y al cabo, y me aprovecharía de suspiros y miradas pasadas para poder contemplarla. Una mujer mayor, o tal vez no tan mayor, puesto que pasaría a duras penas de los cincuenta. Desprendía un olor dulzón, demasiado para mi gusto; una mezcla de flores y vainilla que hacían que mi nariz se moviera involuntariamente conteniendo las ganas de estornudar. Era gracioso, no había visto nunca a una señora que fuera tan conjuntada y, mi sorpresa no era para menos. Llevaba un abrigo azul marino, aunque tampoco era azul marino, tal vez un azul rey, o un azul prusiano, o tal vez un azul petróleo dependiendo de los ojos con lo que lo vieras; que le llegaba hasta la parte inferior de las rodillas. Era un abrigo de cuello bebé, cerrado en el cuello con un botón recubierto de tela del mismo tipo. Sus piernas, el poco tramo que se podía observar, eran algo delgadas y cubiertas por unas medias transparentes pero con tonos brillantes, y acababan en unos tacones azules, del mismo tono que el abrigo, bajos y punta alargada. Las manos de la señora se entornaban con fiereza sobre un bolso del mismo tono de azul y cadena dorada, lo único que parecía resaltar de todo aquel atuendo junto al broche de brillantes con forma de búho que llevaba sobre el pecho izquierdo. Cuando alcé de nuevo la mirada, en un intento por continuar observándola, me topé con sus ojos, maquillados en azul y negro y protegidos por unas gafas de ver de montura fina y metálica, dirigiéndome una mirada dura, fría y severa, como si no aprobara mis actos o mi atuendo, bastante más sobrio que el de ella. Los labios finos y algo fruncidos estaban pintados de color rojo borgoña -no sé porqué me había esperado que también fueran azules, aunque hubiera resultado raro- y acompañaban el resto de maquillaje fuerte, una base clara y un colorete demasiado llamativo. El cabello parecía casi inexistente; estaba recogido en un moño seguramente pero dicho moño quedaba oculto por una boina de, sí, azul. Del mismo azul que el resto de su vestuario. Menos mal que tenía que bajarme en la siguiente parada porque, estaba segura, un minuto más observando a aquella mujer, y habría acabado rehuyendo del color azul para toda mi vida. Posteriormente, y en intento por darle algo de humor a la experiencia, me acordé de cierto personaje ficticio vestido completamente de rosa y me pregunté, en mi fuero interno, si la autora tuvo también un encuentro con alguna visión del mismo estilo que la señora.
4. Hombre, + 20, rasgos hindúes, pelo castaño corto, perilla, sonrisa. Jersey gris y vaqueros negros. Ojos verdes-azules (Estación de Moncloa, junto a Isla de autobuses 3, puesto externo)
Creía que tenía un problema con los extranjeros y, es que le parecían más atractivos que el resto de hombres autóctonos del país. No dice que haya excepciones pero a los hechos se remite. Salía tan campante de clase cuando le vio. Y sufrió un flechazo inmediato. Estaba en la pastelería frente a la salida de la universidad, colocando los bollos y dulces que salían directamente de la pequeña cocina del establecimiento, del cual venía un aroma dulzón que hacía que las tripas sonaran en busca de alimento. Se quedó parada haciendo como si mirara el móvil pero, lo cierto, es que no podía quitarle el ojo de encima. Era alto, de piel ligeramente dorada, como si le hubieran dado un pequeño toque, como si hubiera pasado bastantes horas bajo el sol. Un tono de piel extraordinario. Tenía el pelo oscuro, casi negro, corto, con algún mechón rebelde liso que quedaba colgando sobre su frente de manera seductora. Ojos grandes y llamativos, de color azul verdoso, cercado por unas tupidas pestañas negras. Sus labios eran algo anchos, rellenos y gruesos y estaban acompañados, en la parte inferior, por una perilla perfectamente recortada. Era únicamente en la parte inferior del mentón, pero le daba cierto toque maduro. Vestía con un jersey gris de cuello vuelto, con las mangas remangadas sobre los codos, unos vaqueros oscuros ocultos parcialmente por un delantal marrón. No podía ver su calzado, pero algo en su interior le decía que debían de ser botas hasta los tobillos, de suela gorda y cordones. El chico desapareció de su vista tan rápido como había aparecido. Se inclinó hacia los lados, intentando encontrarle para que volviera a aparecer en su campo de visión. El chico apareció de nuevo, con una bandeja de cruasanes y comenzó a colocarlos con cuidado. Cuando alzó la vista, le dedicó una sonrisa radiante, mostrando sus dientes blancos y perfectamente alineados, provocando con aquel acto que bajara la mirada azorada y sonrojada, poniendo rumbo hasta el metro.
5. Mujer, + 7, castaña. Abrigo berenjena y botas grises. Pantalones vaqueros. Ojos claros. (Línea 5, Casa de Campo, Madrid)
Una risa llenó toda la estación. Era una niña pequeña, que revoloteaba alegremente alrededor de la que debía de ser su madre. Cuanto más la regañaba, más se reía. Alzaba las manos, ponía los brazos rectos y daba vueltas con los ojos cerrados, hasta que los abría y dejaba al mundo sin palabras. Y no era para menos, unos ojos así eran difíciles de ver. Pequeños, con pequeñas pestañas tupidas de tono castaño, dos lunares de tamaño creciente bajo el ojo derecho, y unos iris del tono de la luna. Plateados, no grises, sino pálidos como los rayos de la luna o de las estrellas. Su rostro era pequeño y redondeado, con las mejillas sonrosadas por el movimiento y los labios abiertos por la jocosidad de las risas. Llevaba el pelo, castaño miel, recogido en una coleta alta, dibujando una pequeña curva en el inicio de la goma de cabello, y este caía en pequeñas ondas desiguales. ¿Llevaría cortado el pelo a capas? Tal vez. Vestía con una camisola larga rosa que le llegaba hasta la mitad del muslo y unos vaqueros oscuros. Sus pies se movían con rapidez enfundados en unas botas grises de plástico, unas botas de agua que le daban un toque juguetón. El tren llegó y la madre le puso un abrigo grueso -como un plumas- de un color berenjena pálido, el cual cerró hasta arriba en un intento porque no cogiera un resfriado. La niña, cogió su mochila rosa y entró en el tren cogida de la mano de su madre. Ahí se acabaron las risas que habían llenado de alegría aquella estación tan apartada.
Y hasta aquí las descripciones que más me llamaron la atención. Es curioso ver cómo, pese a haber escrito unas descripciones tan poco elaboradas en la libreta, la apariencia y rostro de aquellas personas acudieran a mi mente con semejante facilidad y claridad.
Os animo a que hagáis vosotros lo mismo. Llevad siempre con vosotros una libreta y un bolígrafo o un lápiz, también os sirve la aplicación de notas del móvil si tenéis mucha soltura escribiendo en el teclado. Cada vez que vayáis por la calle o en algún transporte o, por qué no, en clase o trabajo, os fijéis en cómo van vestidas las personas. Haced descripciones cortas o aputad aquello más general; el cabello, rostro, vestuario, calzado, complementos (si los lleva), algún detalle que os llame mucho la atención (como en el caso del hombre andrógino. Juro que era la primera vez que podía ver a uno en carne y hueso). Escribirlo e intentar hacer descripciones que pudierais meter en un relato corto o en una novela. Utilizad todos los detalles que podáis a la hora de describirlo ampliamente.
Y hasta aquí el primer consejo para escribir. Observar mucho, muchísimo. Os sorprenderíais al ver la de cosas que se pueden descubrir con tan solo prestar un poquito de atención.
Espero que os haya servido. Me gustaría leer a alguien que haya puesto en práctica dicho consejo.
Nos leemos~~
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